Perra Navidad


Lo había dejado todo listo.

            Bueno, casi. Porque llegaron poco a poco y tenía que entretenerles yo, claro. Y no vas a poner a los invitados a sacar bandejas y a descorchar botellas. Para cuando llegó el señor Gimeno, tuve que darle vermú, ya que el rosado se lo había bebido mi cuñada. Encima, mi hermano me echó la culpa por no estar con ella y vigilarla. Pero es que yo estaba con Marisa, que es secretaria del señor Gálvez y acosa a mi hermano y no quiero que Eva, esa cursi, se mosquee, por lo que me toca hacer de queso del sándwich. Ahora, que Gimeno podría haber ligado con Marisa, esa guarra, pero se ve que es de los otros porque iba detrás de Esteban, que no bebe, y eso es peligroso.

            Para los abstemios tenía zumo de naranja, pero se dieron cuenta que era de bote, aunque del de nevera, eso sí. Mi madre estaba en un rincón y me lo dijo “pero hija, que no has tenido ni diez minutos”. Pues no, mamá. Ni para pintarme las uñas ni nada, ya ves, con mi belleza natural. Menos mal que a la peluquería pude ir ayer, a mediodía, que me comí un sándwich del súper, hablando de hacer yo de queso, pues me sentó mal y no paraba de repetirlo en la peluquería, que vergüenza. Pues me dijo la Pili que qué pelos llevaba, que hacía cuánto que no me ponía mascarilla, que si tenía que cortar mucho, que si  no le daba tiempo a marcar. Y yo, tú tira y pon bastante laca que me dure para mañana por la noche. Todas allí con el bolsito de moda, tan finas, tan calladas, con sus revistitas en el regazo. Y yo a disimular mis regüeldos.

            Así estoy yo, que he dormido como una Nefertiti, con el cuello tieso encima de una almohada de madera, o casi, para no deshacerme los bucles deshechos o no sé. Cuanto más natural parece, más complicado es, por lo visto. Manolo no lo entiende. Manolo se ducha y se da friegas con Varón Dandy en los sobacos y en la cara después de afeitarse. Y ya está. Menos mal que como es invierno vamos tapaditos e igual de peluditos los dos.

            Nos sentamos y Esteban, el abstemio peligroso, ya se había bebido todo el zumo de naranja por muy “es refrigerado ¿verdad?” sin dejar a mi madre, que como está algo sorda y dice a todo que sí, entendió al señor Gimeno perfectamente. Así, al señor Gálvez lo senté al lado de mi cuñada Eva, esa cursi, y a Marisa, esa guarra, al lado de Esteban, sabiendo que, aunque tratara de lamerle algo, ni caso.

            Julio no vino, por lo que hubo más mujeres que hombres. “¿No lo tenías previsto?” Me miró Manolo, y como mi marido me miraba, mi madre también, por lo que al final toda la mesa mirándome. “Pues no, mira, no tengo invitados de relleno en el congelador”. Lo que no sé es por qué se rieron tanto cuando lo dije. Sería el tinto, que corrió en abundancia, incluyendo a Esteban. Yo ni cené, harta de comida. Y de humo. Mi madre no pudo aguantar, dijo que se acostaba y se retiró renqueando. Creo que ni se dieron cuenta. Pero cualquiera le tose a Manolo y a las chimeneas. Dijeron de ir a tomar café o algo a algún sitio y yo, como es natural, que no, que lo preparaba en un momento. Pero ya se habían levantado, Esteban sostenido por el señor Gimeno y Marisa. Eva abrazada a mi Manolo. Mi hermano al señor Gálvez. Renqueantes y alegres, sí señor. Cerré la puerta tras ellos.

Aquí estás, pequeña, casi olvidada. Seis kilos. Mi perrita Navidad, esperándome. Pero no pienso darle ningún hueso, ninguna sobra. Ella no lo haría. Cierro las puertas para no ver. En la cocina, abro una lata de la mejor comidita que tiene, la reparto entre su cuenco y un plato. Lo pongo todo en una bandeja de plata. Y allá nos vamos, las dos, a sentarnos en un rincón de mi cuarto. A compartir la cena de Navidad.