Se que está ahí porque puedo verlo, por suerte. El agarrador, ese agarrador de todos los autobuses para facilitar levantarse e incluso a sentarse. Sobre todo en estas zonas donde hay cuatro asientos, dos y dos, enfrentados, ah, sí, como para darse conversación. Pero ahora mismo no hay nadie, estoy en completa soledad, me parece. Antes había al otro lado, es decir, a la izquierda, junto al otro agarrador, una mujer, creo que leyendo. Pero ahora no hay nadie, bueno, se supone que alguien conduciendo pero no lo sé con seguridad. Tampoco es importante.
Sí que es de noche, noche cerrada además y a veces solo veo la raya blanca del arcén abajo en la carretera, creo que hemos pasamos hace rato por una zona de árboles, después de una curva, muy cerrada, tanto que estado a punto de agarrarme al agarrador, para eso está, pero no me he atrevido. Está ahí pero no quiero tocarlo, precisamente por eso, no sea que deje de estar ahí es por lo que no quiero tocarlo,
La zona de árboles done hemos dado esas dos curvas ya pasó y ahora es un tramo recto, la luz se refleja en todas partes: en la otra ventanilla, en el techo… no sabría decir si es azul o amarilla. Ya no hay tramos con farolas. Mejor así, al principio sabía que estábamos en terreno más menos conocido, pero ya no lo tengo tan claro: las luces se reflejaban varias veces en el cristal de la ventanilla, luego en el cristal opuesto y en el techo: era como estar dentro de un extraño juego de espejos. Mejor así, vamos todo recto y no hay luces que confundan ni señales ahí afuera.
He mirado otra vez al lado y ahí está el otro agarrador, con la raya amarilla, eso me tranquiliza: no es preciso seguir mirando más afuera. Al otro lado está el otro, su gemelo. Un momento, no son iguales. El del otro lado tiene dos rayas amarillas verticales, no una, como este que tengo al alcance de mi mano. Estoy por levantarme y mirarlo más de cerca. No pasa nada por levantarme en un autobús vacío, no molesto a nadie. Pero no voy a hacerlo, no tengo por qué moverme de mi sitio. Simplemente debo comprobar que mi agarrador, este que tengo aquí es igual que el de allá, o no. Solo debo inclinarme un poco, ahora que vamos todo recto, para mirarlo. Deberían ser dos rayas rectas amarillas. No sé qué debería haber entre las dos rayas, quizá el mismo tono gris oscuro del resto de agarrador.
Un momento: esto es demente, podría estar leyendo, o mirando el paisaje, respira, respira, levanta la vista. No hay nada, nada. No se ve más que la misma raya blanca del arcén y ni siquiera sé si pasamos por una zona de árboles o no. Tampoco se ve al conductor, no hay nadie. Si no veo a nadie es que no hay nadie, por lo tanto, es posible que tampoco esté yo. Por suerte sí que está el agarrador con la raya amarilla. Debo evitar el pánico y mirar hacia un punto fijo, dejar la vista allí y no desviarla por nada.
Solo tengo que moverme un poco hacia delante y salir de dudas: saber si este agarrador tiene también dos rayas amarillas, como el otro. No, no, no me puedo mover. No puede ser. Aquí estoy, entre las dos rayas amarillas, en ese espacio gris entre las dos. Así que tomo una raya amarilla, una en cada mano, y tiro de ellas, las sacudo arriba y abajo, tiro de ellas hacia fuera, parecen ceder, como si fueran elásticas, pero enseguida vuelven a su posición inicial. Tiro y grito para que me oiga alguien, entonces recuerdo que no había nadie, que ni siquiera pude ver quién conducía. Alguien tiene que haber, alguien tiene que verme aquí, entre las dos rayas amarillas pintadas del agarrador. Trato de agacharme y tomar aliento, tumbarme un poco en el suelo, pero no puedo. El espacio entre las dos rayas es tan estrecho que solo puedo quedarme de pie. Descansaré un poco agarrándome a las dos rayas y dejaré caer la cabeza hacia delante. Solo un momento. No me atrevo a mirar a ninguna parte. Estoy aquí, al fondo del autobús, dentro del agarrador de la izquierda ¿No me ven?